Resulta que el miércoles 10 de junio la Cámara de Diputados aprobó un proyecto que deroga la irrenunciabilidad del feriado en días de elecciones. Tradúzcase del chileno legal al chileno de a pie: el día de votar sigue siendo feriado, sí, pero ahora uno lo puede renunciar. Y como todos sabemos lo libre que se siente uno para renunciar a un día libre cuando el jefe abre el local, ya cachamos pa’ dónde va la micro.
Porque el punto fino, el que no sale en la solemnidad del hemiciclo, es este: el mall abre. El supermercado abre. La tienda del cajero, de la reponedora, de la cabra de la caja rápida, abre igual que cualquier domingo. Antes el día de elección era de esos pocos feriados sagrados en que la cortina metálica se quedaba abajo y uno votaba con calma. Ahora, de aprobarse en el Senado, el día cívico más importante del año se transforma en un turno más con un permisito incorporado.
Eso sí, que nadie diga que no hubo gesto humanitario: el permiso para ir a votar sube de tres a cuatro horas. Cuatro horas. Una hora más, regalada como quien tira una moneda al tarro. Con eso uno tiene que salir del local, esperar la micro que pasa cuando quiere, llegar al colegio, ubicar la mesa que siempre está en el segundo piso al fondo, hacer la fila detrás del caballero que discute con el vocal, marcar el voto, devolverse, y entrar de nuevo a marcar tarjeta antes de que se acabe el cronómetro. Democracia exprés, contra reloj, con el corazón en la boca por si el 506 se demora.
Pa’ que conste el dato sin meterle color: el proyecto pasó con 87 votos a favor, 54 en contra y 2 abstenciones, y el articulito constitucional se aprobó 143 a 0, una unanimidad rarísima en estos tiempos. De ahí se despachó al Senado, así que todavía no es ley —respiremos hondo—, falta que la segunda cámara le ponga o no la firma. Por mientras es un proyecto, un susto en tramitación.
Pero el trabajador del comercio, ese que ya organiza su vida en torno al turno, ya está sacando la cuenta: si esto pasa, votar deja de ser un derecho con sillón y café, y pasa a ser una diligencia más que hay que encajar entre la apertura de caja y la hora de cierre. Como ir a buscar el certificado al Registro Civil, pero con destino de la patria de por medio. Qué wea, oh.