Estados Unidos e Irán anunciaron que declaran oficialmente terminada la guerra entre ambos, con firma agendada para este viernes en Suiza. Uno se entera leyendo el celular en el paradero y piensa: por fin algo que no me sube algo. Porque el dato fino, el que de verdad le importa al que tiene que llenar el estanque, es que el barril de crudo se desplomó y el dólar se vino piti abajo.
El WTI cayó 5% hasta los US$76,64 por barril y el Brent cedió un tímido 0,06% a US$79,41. Traducido a chileno: el petróleo bajó la cabeza. El dólar, que andaba arriba como tarjeta de crédito en diciembre, retrocedió a $885,30, perdiendo $4,7 en una sola jornada. Casi cinco pesos. No alcanza para un completo, pero algo es algo en un país donde uno celebra cuando le devuelven el vuelto exacto.
El acuerdo, según el comunicado oficial iraní, dice que “la guerra con Estados Unidos e Israel finalizó oficialmente, condicionado a que el fin de la guerra en Líbano es una parte inseparable del pacto”. O sea: paz, pero con letra chica, como todo contrato que uno firma sin leer. La movida incluye reabrir el Estrecho de Ormuz y normalizar los envíos de petróleo, ese pasillito por donde pasa buena parte de la energía del planeta y del que uno solo se acuerda cuando se entera por qué le subió la bencina.
Mientras los grandes se daban la mano en Suiza, el cobre nuestro de cada día se mantuvo firme sobre los US$6 la libra, mejorando los términos de intercambio. El metal rojo, impasible, sin pedirle permiso a nadie, haciendo la pega de siempre: sostener la economía mientras el resto se pelea y después se reconcilia.
Los analistas proyectan que el petróleo se quedaría entre los US$70 y US$80 el barril una vez que se normalicen los envíos. ¿Significa eso que la bencina va a bajar en la bomba mañana mismo? Ojo: eso no lo dice nadie todavía. El chileno ya cachó hace rato que el precio internacional baja en picada y el surtidor baja en bajada de cordillera con freno de mano. Por ahora, lo concreto es esto: el dólar respiró, el cobre aguantó, y el chileno mira la pantalla con esa cara de “ya, veamos cuánto me dura la alegría”.