Resulta que el 20 de mayo la Cámara de Diputados aprobó en general la llamada megarreforma tributaria: 90 a favor, 59 en contra y una abstención de alguien que claramente no quería problemas con nadie en el chat del trabajo. Y antes de que sueltes la teja: no es ley. Aprobar “en general” en Chile es como cuando te dicen “sí, te lo vamos a hacer” en la municipalidad. Te aprobaron la idea de cobrarte. Falta todo lo demás.
El proyecto promete cosas que suenan bonito mientras esperas la micro: el impuesto a las empresas baja de 27% a 23%, los mayores de 65 quedan exentos de la contribución de su propiedad, y se autoriza un fondo de emergencia de 400 mil millones para Ñuble y Biobío después de los incendios. Hasta ahí, uno hasta pestañea agradecido. El detalle fino es que la misma reforma promete una garantía de estabilidad tributaria de 25 años según lo que aprobó la Cámara —el Senado todavía tiene que decidir si la deja en 20—, o sea un compromiso más largo que la mayoría de los matrimonios que conoces.
Porque el verdadero capítulo es el Senado. La Comisión de Hacienda lo aprobó en general, pero solo con los votos del oficialismo y tras un debate de esos que terminan con todos hablando al mismo tiempo. La senadora Paulina Vodanovic lo dejó por escrito: “Votamos en contra porque el proyecto beneficia a los grandes empresarios a costa de las finanzas públicas”. La oposición, por su lado, rechaza los cambios parciales que ofrece Hacienda y pide que de verdad les reciban propuestas, no que les manden el “visto” y nada más.
Y el broche, lo más chileno de todo: ni siquiera se ponen de acuerdo en CUÁNDO votar. Mientras unos piden aplazar para llegar a acuerdo, el ministro de Hacienda Jorge Quiroz zanjó que “no hay necesidad de extender el plazo”. Acto seguido, el propio Senado se abrió a postergar la votación igual. Es decir: te dicen que no hay apuro y al rato corren la fecha. Nadie sabe nada, pero todos opinan con la seguridad de un tío en un asado.
Mientras tanto, los millones de chilenos con una casa, un emprendimiento o simplemente la esperanza de que el abuelo deje de pagar contribuciones quedan donde siempre quedamos: en la sala de espera. Porque entre la Cámara, el Senado y la promulgación todavía hay más trámites que en una herencia. Así que respira hondo, deja el confeti guardado, y sigue revisando el celular en la micro como buen ciudadano resignado. Esto recién va en el segundo tiempo.