El 10 de julio te tiraron la buena noticia: la bencina de 93 y 97 baja como cien pesos el litro, el diésel se descuelga 155. Uno agarra la calculadora, hace la cuenta de cuánto se ahorra en el mes, empieza a planear que por fin llena el estanque completo en vez de echar las diez lucas de siempre. Y al día siguiente, el 11, se rompió el alto al fuego y volvieron a cerrar el Estrecho de Ormuz. El ahorro te duró menos que la fila para pagar la patente por internet cuando se cae el sistema.
Lo notable no es que el precio pueda subir de nuevo. Es que te avisaron de la subida el mismo día que te vendían la baja. La ministra de Energía anunció el descuento y en la misma pasada aclaró que “la incertidumbre internacional sigue presente” y que “no se descarta un nuevo aumento en las próximas semanas”. O sea: acá está tu regalo, pero léelo con cuidado porque viene con fecha de vencimiento adentro de la caja. Es un descuento que llegó con el aviso de retiro del producto ya impreso.
Acá el que decide cuánto vale llenar el estanque no es el kiosco de la esquina ni el gobierno de turno: es un mecanismo que se llama MEPCO y que reajusta los precios cada tres semanas, como si fuera la boleta de una cuenta que nadie eligió contratar. Traer un litro de bencina a Chile depende de un estrecho al otro lado del planeta que uno solo conoce porque cada vez que se enreda allá, se te encarece el furgón escolar acá. El 55% del combustible que quemas es importado. La otra mitad la pone ENAP, que tampoco vive en una burbuja.
El ministro de Hacienda lo puso en palabras que dan para enmarcar. Sobre el futuro del precio dijo: “Esperamos que el conflicto amaine y no tengamos alzas como al principio”. Y remató con una definición de política energética que es pura poesía de la impotencia: “Lo que pasa o no pasa en la guerra, cambia todos los días”. El plan de contención del alza, entonces, es esperar. Cruzar los dedos. Prender una velita. El presupuesto familiar de cinco millones de vehículos amarrado a un calendario que no maneja nadie que hable español.
Y el que ya lleva un rato pagando bencina en este país tiene la memoria fresca: en marzo de este mismo año, cuando cerraron el estrecho por primera vez, no fue un ajustito de la vida. Fue el bencinazo — el litro de 93 se disparó 372 pesos y el diésel se fue arriba 580. Eso es lo que se asoma detrás de este descuento de cien pesos que te dieron a préstamo. La baja que acaba de entrar en vigor no fue un premio: fue el intermedio antes de que la próxima fijación del MEPCO decida si el número vuelve a subir. Nadie ganó nada todavía; solo te prestaron unos pesos con la advertencia de que los podrías tener que devolver con interés.
Que quede claro para el que ya andaba haciendo cuentas con la plata ahorrada: esto no es una tendencia, es una tregua de precio, y las treguas en esta película ya vimos cuánto aguantan. La baja está vigente hoy. La próxima palabra la tiene un estrecho al otro lado del planeta y un mecanismo que reajusta cada tres semanas sin preguntarle a nadie.